Arqueólogos descubren un secreto oculto durante 450 años entre las ruinas de una antigua ciudad maya
Durante siglos, las ruinas de las antiguas ciudades mayas fueron consideradas vestigios de una civilización que había desaparecido tras el abandono de sus grandes construcciones. Sin embargo, una nueva investigación arqueológica realizada en México reveló que algunos de estos lugares continuaron habitados durante cientos de años, incluso después de que sus templos y edificios monumentales comenzaran a derrumbarse.
El descubrimiento se produjo en Aké, una antigua ciudad maya ubicada en el norte de la península de Yucatán, donde un equipo de investigadores encontró evidencias de que distintas familias vivieron entre las ruinas durante aproximadamente 450 años, entre el 1100 y el 1550 después de Cristo.
El estudio, publicado en la revista científica Latin American Antiquity, estuvo a cargo de Roberto Rosado-Ramírez, investigador de la Universidad de Virginia, quien analizó los restos arqueológicos del asentamiento y llegó a una conclusión que modifica la interpretación tradicional sobre el destino de algunas ciudades mayas.

Hasta ahora, ciertos objetos encontrados entre los edificios derruidos habían sido interpretados como ofrendas dejadas por visitantes que llegaban ocasionalmente al lugar. Sin embargo, las nuevas evidencias indican que Aké no era simplemente una ciudad abandonada que recibía peregrinos, sino un espacio donde numerosas familias desarrollaban su vida cotidiana.
Qué encontraron los arqueólogos entre las ruinas de la antigua ciudad maya
En su época de mayor desarrollo, Aké fue un importante centro urbano que contaba con una plaza pavimentada de aproximadamente 2,5 hectáreas, rodeada por siete grandes edificios. Además, estaba conectada con Izamal, otra ciudad relevante de la región, mediante un camino de unos 32 kilómetros de longitud y 13 metros de ancho.
Sin embargo, entre los años 1000 y 1100 después de Cristo, una combinación de sequías prolongadas y conflictos regionales afectó la organización política de distintas comunidades del norte de Yucatán.
Con el paso del tiempo, algunos de los edificios monumentales comenzaron a deteriorarse. La lluvia, el crecimiento de las raíces y la acción de animales que excavaban en el suelo contribuyeron al derrumbe de las estructuras.

Durante años, este proceso fue interpretado como una señal del abandono de la ciudad. No obstante, los arqueólogos descubrieron que, mientras las grandes construcciones se convertían en ruinas, nuevas viviendas comenzaron a levantarse entre ellas.
La investigación identificó 96 pequeños montículos de tierra y piedra que habrían servido como base para casas construidas con postes de madera y techos de paja. Cada vivienda tenía una superficie promedio de 45 metros cuadrados.




