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Sociedad

La misteriosa bala que mató a Juan Lavalle y la desesperada huida con su cadáver

Cuando llegaron a Volcán, a unos 40 kilómetros de Jujuy, el cuerpo ya presentaba un avanzado estado de descomposición. Fue entonces cuando apareció una solución extrema: trasladar únicamente los restos que pudieran conservarse y evitar, a cualquier precio, que el enemigo se apoderara del cadáver del general.

La llegada a Jujuy y la casa fatal

Lavalle ordenó apurar el paso. La tradición oral cuenta que lo acompañaba Damasita Boedo, una joven de veintitrés años de ojos azules que había abandonado su hogar federal para seguirlo. Era sobrina de Mariano Boedo y hermana de un coronel federal fusilado por orden del propio Lavalle. Según esa misma tradición, se vestía de hombre, custodiaba la puerta de su habitación y lo asistía en sus achaques. Al principio buscaba venganza; después se enamoró.

El 7 de octubre de 1841 envió al comandante Lacasa a anunciar su llegada al gobernador de Jujuy. Lacasa regresó con la noticia de que todas las autoridades habían huido a Bolivia ante la inminente llegada de las tropas federales. Al día siguiente se enteró de que los enemigos habían enviado partidas a Salta y a Jujuy. Le insistieron en que rumbease directamente hacia la Quebrada de Humahuaca sin detenerse en la ciudad.

La misteriosa bala que mató a Juan Lavalle y la desesperada huida con su cadáver

La tropa quedó acampando en la quinta de los Tapiales de Castañeda bajo las órdenes de Juan Esteban Pedernera. Lavalle se dirigió a la ciudad con su secretario Félix Frías, su ayudante Pedro Lacasa y ocho hombres. Eligieron una vivienda de la calle Del Comercio, a media cuadra de la iglesia de San Francisco, construida en el siglo XVII. Llegaron a las dos de la madrugada. Un centinela quedó en el portón.

Al amanecer del 9 de octubre el centinela sorprendió a una partida al mando del teniente coronel Fortunato Blanco: cuatro tiradores y nueve lanceros. Lacasa se asomó por la ventana y recibió la intimación a rendirse. Corrió hacia adentro gritando que los enemigos estaban en la puerta. Lavalle preguntó cuántos eran y, al oír que veinte o treinta, respondió que no había cuidado: que cerraran la puerta y ensillaran, porque se abrirían paso.

La descarga y el rescate del cuerpo

No imaginó que un piquete enemigo apuntaba hacia la puerta. Cuando cruzaba el primer patio se produjo una descarga de fusiles. Dicen que fueron tres disparos dirigidos a la cerradura. Un proyectil, que habría rebotado en el filo de la puerta o entrado por el agujero de la cerradura, le impactó en la garganta. Lavalle cayó y trató de arrastrarse unos metros. Quedó allí.

Sus acompañantes fugaron por los fondos. El supuesto matador, José Bracho, entró, vio el cuerpo pero no lo reconoció y salió a perseguir a los soldados que acampaban afuera. En el patio quedó el general con su cabello rubio y rizado, la barba larga y canosa y los ojos azules abiertos.

Sus hombres rescataron el cuerpo. Le quitaron las botas, le taparon el rostro con un lienzo y lo subieron a un caballo, cubierto con un poncho azul. Luego lo colocaron sobre su tordillo de pelea y lo envolvieron con la bandera argentina bordada por las damas de Montevideo, la misma con la que soñaba entrar a Buenos Aires. Al mando de Pedernera emprendieron la marcha hacia Humahuaca para que el cadáver no cayera en manos enemigas.

El general Oribe mandó una partida en su persecución. Quería la cabeza de Lavalle como trofeo. En Volcán, a unos cuarenta kilómetros de Jujuy, los restos ya mostraban un avanzado estado de descomposición. Se propuso llevar solo la cabeza y el coronel Alejandro Danel, un francés tuerto que había estudiado medicina, ofreció descarnar el cuerpo.