A Milei no lo corren con piedras

Ese es el cambio que realmente puede volverse estructural. No que desaparezca la protesta. No que desaparezca la oposición. Sino que la capacidad de producir miedo deje de equivaler a capacidad de gobierno.
Incluso las amenazas más extremas terminaron mostrando esa impotencia. Un manifestante llegó a afirmar ante una cámara que Milei y varios de sus funcionarios debían ser fusilados. La frase fue brutal, pero políticamente reveladora: cuando una amenaza de semejante gravedad no modifica el funcionamiento del Congreso ni obliga al Gobierno a retroceder, deja de ser una demostración de poder y empieza a parecer una demostración de aislamiento.
Ahí está quizá la imagen más importante de la jornada.
Durante años, parte de la vieja política pudo suponer que, si no alcanzaban los votos, siempre quedaba la posibilidad de elevar el costo de gobernar hasta obligar al adversario a ceder. Esta vez no ocurrió. La oposición reunió 121 diputados. El DNU siguió vigente. Y la calle no completó los ocho votos que faltaban.
Una democracia cambia de época cuando las mayorías vuelven a construirse con votos y la capacidad de romper cosas deja de funcionar como poder político.
El curso político argentino seguirá teniendo conflictos, derrotas y negociaciones. Ninguna mayoría está garantizada para siempre. Pero el 15 de octubre dejó una señal concreta: la oposición puede protestar, marchar y disputar cada reforma; lo que ya no puede hacer es convertir automáticamente el desorden en un veto.
Eso, más que cualquier consigna, es lo que muestra cuánto cambió el tablero.




